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Sarcopenia: el desgaste muscular silencioso que compromete la autonomía en el envejecimiento
Con el paso de los años no solo perdemos fuerza.
Perdemos autonomía.
Existe un proceso silencioso, progresivo y muchas veces subestimado que se encuentra detrás de numerosas caídas, estados de fragilidad y pérdida de independencia en el adulto mayor: la sarcopenia. Comprender qué es, por qué ocurre y cómo puede abordarse resulta fundamental para promover un envejecimiento activo y funcional.
Envejecimiento, fragilidad y dependencia
El envejecimiento no se limita únicamente al aumento de la edad cronológica. Se trata de un proceso biológico progresivo, que algunos autores incluso han categorizado como una condición patológica en sí misma, debido a su asociación con múltiples alteraciones funcionales.
Con el envejecimiento aparecen fenómenos como la discapacidad, el aumento del riesgo de caídas, el deterioro cognitivo, la fragilidad, la osteopenia y, de manera destacada, la sarcopenia (López et al., 2022). Todos estos procesos comparten un denominador común: conducen a una mayor dependencia y a una disminución progresiva de la autonomía funcional.
¿Qué es la sarcopenia?
El término sarcopenia proviene del griego sarco (músculo) y penia (pérdida). Desde el punto de vista clínico, se define como un desgaste muscular asociado al envejecimiento, caracterizado por la pérdida progresiva de:
- Masa muscular
- Fuerza muscular
- Función muscular
(Solano et al., 2018)
La sarcopenia no implica únicamente una reducción del volumen muscular; representa una pérdida directa de la capacidad de movimiento y, en consecuencia, de la independencia para realizar actividades de la vida diaria.
Sarcopenia y atrofia muscular: conceptos distintos
Es importante diferenciar la sarcopenia de la atrofia muscular. Aunque ambas cursan con disminución del tejido muscular, no son el mismo proceso.
La sarcopenia es propia del envejecimiento y, en mayor o menor grado, todas las personas la desarrollarán con el paso del tiempo, de forma similar a lo que ocurre con la artrosis. En cambio, la atrofia muscular se produce como consecuencia del desuso, la inmovilización o alteraciones neuromusculares, y puede presentarse a cualquier edad.
Si bien no es posible detener el envejecimiento, sí es posible modificar la velocidad y la severidad con la que progresa la sarcopenia.
¿Cuánto músculo se pierde con la edad?
Diversos estudios han estimado que a partir de los 45–50 años comienza una pérdida progresiva de masa muscular, que puede situarse entre el 12 y el 15 % por década. Alrededor de los 70 años, esta pérdida puede alcanzar el 25 %, y a los 80 años llegar hasta un 40 % (Molina, 2008).
Estos valores se observan incluso en condiciones consideradas normales. Sin embargo, cuando existe inactividad física, el deterioro se acelera de forma significativa. En situaciones de inactividad prolongada, se ha reportado una pérdida de hasta 1 kg de masa muscular cada 10 días (Morley, 2010; Tournadre, 2018).
Cuando la función muscular se deteriora de manera severa, no solo se compromete la movilidad, sino también sistemas vitales, aumentando de forma considerable el riesgo de mortalidad (Solano et al., 2018).
La sarcopenia como un círculo vicioso
La sarcopenia funciona como un verdadero círculo vicioso. El envejecimiento reduce la función muscular, lo que conduce a una menor actividad física. A su vez, moverse menos acelera la pérdida muscular, incrementando la fragilidad y la dependencia.
De esta manera, la sarcopenia no solo es consecuencia del envejecimiento, sino que también contribuye a acelerarlo.
Este proceso no depende exclusivamente del nivel de actividad física. Intervienen múltiples factores, entre ellos el descanso inadecuado, la predisposición genética, la resistencia a la insulina, la infiltración grasa en la musculatura postural, la disminución de unidades motoras, las limitaciones cardiovasculares, el descenso en la producción hormonal (testosterona, estrógenos y hormona del crecimiento), el aumento de citoquinas proinflamatorias asociadas a estados inflamatorios crónicos y una ingesta calórica y proteica insuficiente. No obstante, la inactividad física sigue siendo el factor con mayor impacto negativo (Morley, 2011).
Sarcopenia como comorbilidad
Actualmente, la sarcopenia debe entenderse como una comorbilidad. Su presencia potencia otras enfermedades, empeora el pronóstico clínico y acelera el deterioro global del estado de salud.
Cuando no se interviene de manera adecuada, el desenlace suele ser predecible: pérdida de autonomía y deterioro de la calidad de vida en el adulto mayor.
Fisiopatología de la sarcopenia
La sarcopenia es un proceso multifactorial. Con el envejecimiento se reduce el reclutamiento de unidades motoras, las fibras musculares se atrofian y disminuye la producción de hormonas anabólicas como la hormona del crecimiento, la testosterona y los estrógenos.
A esto se suma un estado inflamatorio crónico de bajo grado y la infiltración grasa dentro del músculo, lo que compromete su capacidad contráctil y metabólica (Molina, 2008). Sin embargo, nuevamente, el factor que acelera con mayor fuerza todos estos mecanismos es el desuso y la inactividad física (Morley, 2010).
Sedentarismo: el principal enemigo
El sedentarismo representa uno de los mayores riesgos para la salud del adulto mayor. Se asocia con diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares, obesidad, depresión, pérdida de masa ósea e incluso ciertos tipos de cáncer (Salinas, 2010).
En presencia de sedentarismo, la sarcopenia progresa de forma más rápida y con consecuencias clínicas más graves (Morley, 2010).
El ejercicio físico como herramienta terapéutica
La evidencia científica es clara: el ejercicio físico es la intervención más efectiva para prevenir y tratar la sarcopenia. Mejora la fuerza, la masa muscular, la función, el equilibrio, la velocidad de la marcha y, sobre todo, la autonomía funcional (López et al., 2022).
El ejercicio de resistencia constituye el pilar principal del tratamiento, acompañado de ejercicio aeróbico y entrenamiento del equilibrio. Esta combinación ha demostrado ser la más eficaz para prevenir y manejar esta condición. Estudios han mostrado que con tan solo dos o tres sesiones semanales ya se observan mejoras significativas, las cuales se potencian cuando el ejercicio se convierte en un hábito sostenido (Solano et al., 2018).
Además, la intervención debe complementarse con modificaciones nutricionales y del estilo de vida, como una adecuada ingesta de proteínas, calorías y aminoácidos esenciales, así como estrategias que favorezcan la producción hormonal, siendo el ejercicio una de las más potentes (Morley, 2010).
Adherencia y mensaje final
El mejor ejercicio es el que se realiza de forma constante. Por ello, la clave del tratamiento no está únicamente en el tipo de ejercicio, sino en la adherencia: actividades que resulten agradables, sostenibles en el tiempo y funcionales para la persona.
El objetivo final no es simplemente vivir más años, sino vivirlos con independencia, funcionalidad y calidad de vida.
REFERENCIAS
López-Martí, A. M., Padilla, I. de H., López-Téllez, A., & García Romero, J. (2022). Physical activity, physical condition and quality of life in older adults. Systematic review. Archivos de Medicina Del Deporte, 39(3), 168–176. https://doi.org/10.18176/archmeddeporte.00088
Molina Y., J. C. (2008). Sarcopenia en la pérdida funcional: rol del ejercicio. Revista Hospital Clínico Universidad de Chile, 19(4), 302–308. https://doi.org/10.5354/2735-7996.2008.76883
Morley, J. E., Abbatecola, A. M., Argiles, J. M., Baracos, V., Bauer, J., Bhasin, S., Cederholm, T., Stewart Coats, A. J., Cummings, S. R., Evans, W. J., Fearon, K., Ferrucci, L., Fielding, R. A., Guralnik, J. M., Harris, T. B., Inui, A., Kalantar-Zadeh, K., Kirwan, B.-A., Mantovani, G., … Anker, S. D. (2011). Sarcopenia With Limited Mobility: An International Consensus. Journal of the American Medical Directors Association, 12(6), 403–409. https://doi.org/10.1016/j.jamda.2011.04.014
Morley, J. E., Argiles, J. M., Evans, W. J., Bhasin, S., Cella, D., Deutz, N. E. P., Doehner, W., Fearon, K. C. H., Ferrucci, L., Hellerstein, M. K., Kalantar-Zadeh, K., Lochs, H., MacDonald, N., Mulligan, K., Muscaritoli, M., Ponikowski, P., Posthauer, M. E., Fanelli, F. R., Schambelan, M., … Anker, S. D. (2010). Nutritional Recommendations for the Management of Sarcopenia. Journal of the American Medical Directors Association, 11(6), 391–396. https://doi.org/10.1016/j.jamda.2010.04.014
Solano García, W., & Carazo Vargas, P. (2018). INTERVENCIONES CON EJERCICIO CONTRA RESISTENCIA EN LA PERSONA ADULTA MAYOR DIAGNOSTICADA CON SARCOPENIA. UNA REVISIÓN SISTEMÁTICA. Pensar En Movimiento: Revista de Ciencias Del Ejercicio y La Salud, 16(1), 30000. https://doi.org/10.15517/pensarmov.v16i1.30000
Tournadre, A., Vial, G., Capel, F., Soubrier, M., & Boirie, Y. (2019). Sarcopenia. Joint Bone Spine, 86(3), 309–314. https://doi.org/10.1016/j.jbspin.2018.08.001
